Esta mañana desperté en San Salvador de Jujuy y un señor de ojos tristes, con barba de algunos días y manos ajadas, me llevó hasta Purmamarca. Dijo que le quedaba de paso y que me llevaría sólo si le cebaba unos mates durante el viaje, que no era muy largo, lo dijo con un tono amigable y me sonreía paternalmente. Quizás le dieron pena las ojeras que llevo debajo de mis ojos hinchados, o mis delgadas piernas, que iban a paso lento por el peso de la gigante mochila que cargaba en mi espalda ya doblada del cansancio. En el camino, hablamos bastante, me contó sobre sus hijas, su trabajo, sus sueños y sus desventuras; yo no hablaba mucho, me limitaba a escuchar y a cebar mate, tal como me lo había pedido, temía que indagara acerca de mí y de mi paso por Jujuy, y no tenía una respuesta preparada para darle, pero lo que es seguro es que no le diría la verdad, no lo entendería, nadie lo entendería, a decir verdad, yo tampoco lo entiendo y es más, quiero desentenderme de todo lo que pueda, del pasado principalmente y de mí. De ésa persona que fui en Bs As.
Logré llegar a Purmamarca sin tener que dar demasiadas explicaciones acerca de mi estadía, me despedí del hombre, le agradecí y comencé a buscar alojamiento. En el camino me di cuenta de que no le había preguntado el nombre al tipo que alcanzó y me dio pena. Fue fácil encontrar dónde instalarme, el pueblo es chico, la gente amable y los campings muy baratos, así que clavé la carpa como pude y esto es bastante mal, el suelo es demasiado duro y estoy muy cansada, más tarde cuando sociabilice un poco pediré ayuda o un martillo.
No quiero pensarlo, pero es inevitable, no puedo creer aún que tan sólo ayer desperté en mi departamento de un ambiente, me bañé, hice mi mochila, preparé el bolso de mi bebé de seis meses y se lo llevé al padre que pretendía pasar el día con él y ahora tendrá toda la vida para hacerlo.
Yo no puedo, no sirvo, no nací para esto. No sólo es miedo lo que tuve, sino también una pulsión desenfrenada que me hacía huir y no pude pararla. Ahora estoy acá, dentro de la carpa esperando que todo pase para empezar de nuevo dejando atrás una vida que no supe vivir. No sé cuándo ni cómo llegué a construir esa historia que desde el momento en que me subí al micro se transformó en pasado. Lamento haber llegado tan lejos y no hablo de los quilómetros que recorrí para llegar hasta donde estoy ahora, donde pretendo ser feliz y comenzar de nuevo, olvidando por completo todo lo que abandoné en Bs As. Lamento que nadie pueda entenderlo, pero no estoy arrepentida, por el contrario, me siento aliviada.
El largo aliento
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Empieza y termina con los pies en el barro. Las patas hundidas en el
légamo blando del Paraná. Entre un barro y otro hay treinta y cuatro
kilómetros de r...
Hace 12 años
